Provinciano de mierda! Ese sería un buen título para Una ciudad de Provincia, el documental Baficiano que se mostró al público en la reciente edición del festival indie de la Buenos Aires de Larreta. Pero no. Su director y autor, Rodrigo Moreno, se esconde cual rata de ciudad, en los lentes de la mirada intelectual porteña. Distante y silenciosa, la película se pasea por toda la ciudad de Colón, en la provincia de Entre Ríos. Y lógicamente es un embole. Como lo es cualquier minuto habitado en una provincia de nuestra querida patria. Así veremos pasar delante de nuestra butaca a empleados municipales, pescadores, jugadores amateurs de rugby, personal de limpieza, vendedoras de lencería, y demases pajueranos subdesarrollados, que realizan diversas actividades comunes, como las de cualquier ciudadano del mundo. Pero claro, el directoide, amparado por la impunidad del documento vivo, se queda en silencio y nos obliga a nosotros, los espectadores a ponerle voz a sus pensamientos, en un clásico movimiento cobarde en HD que el circuito cerrado del cine independiente aplaude mientras se masturban con la cara de uno de los hermanos Dardenne, no sabemos cuál de los dos. Y por supuesto lejos de dejarnos una voz esperanzadora sobre los miserables habitantes de este pueblo, nos invita a gritar por él: provincianos de mierda, qué hacen de sus vidas en este puto pueblo del orto! Por suerte, yo que filmo, estoy al margen de esta clase social que deja pasar sus minutos en el derrotero que les toca, lo que importa es que yo refleje esta sensación agobiante, parece decir el mequetrefe detrás de cámara con sus tiempos muertos, sus largos planos secuencia, y su camarita en movimiento, que nos envuelve en el aburrimiento eterno, y nos hace pensar todo el tiempo lo bendecidos que estamos por no pertenecer a aquel lado de la línea delimitante que nos deja de este lado de la General Paz. Es verdad sin embargo, que la película toca puntos altos, como ese juego solitario de un señor gigante de casi dos metros arrojando una guinda de rugby a su perro y tirándose los dos a buscarla en el jardín de la casa, cual seres abducidos por alguna extraña razón no descubierta por la humanidad. O esa forzada intención de mostrar como una vendedora de artesanías lustra una y mil veces una cuchara de plata, la que se le cae tres veces! ( Tres veces!) en menos de treinta segundos. No puedo razonar como una persona incluye en la edición a esa escena ya que no soportaría jamás que eso sucediera y si por alguna de esas casualidades fuera yo el que estuviese detrás de cámara, lo primero que haría sería decirle, pero vos sos boluda! Agarrá la cuchara querida y dejala en la repisa de una buena vez!

Pero no. Nuestro artista intenta por todos los medios manipularnos, a nosotros y al mundo, en su diminuta intención de decirle al universo que ser un provinciano es ser un ser de mierda. Y además boludo y con problemas motrices. En fin, creo que el grave error que tiene la cinta, es no ser franco en su intención, cosa que cambiaría por completo esta crítica. Por eso es que creo que el primer defecto está en su nombre. Si al menos uno supiese de antemano, y de voz exprofesa del director que su mirada va a ser discriminadora, burlona de su propio casting y clasista, entonces se podría realmente estar en presencia de un festín. De un acto artístico conmovedor a manos de un ojo agudo y tenaz que no se guarda nada para la interpretación, y que de forma honesta y provocadora nos recibe con un punto de vista que hay que tener las pelotas puestas para asumir. Pero no. Mal que me pese, la película se llama Una ciudad de Provincia. Por suerte, y a modo de salvación, vienen a mi las palabras de Carlos Perciavalle, que antes de tener contacto con el mas allá, supo decir: Argentina? Para mi termina en Callao y Quintana. Alabado sea dios.

Juan Manuel D’ Emilio