El porvenir llegó hace rato, todo un palo ya lo ve! parece decirle la directora y guionista Mia Hansen-Love a su marido, el reconocido también director de cine, Oliver Assayas. Y lo pone de manifiesto en esta película francesa protagonizada por Isabelle Huppert, rodada en los hermosos bordes de París y sus afueras. No sabemos con exactitud si este film está realizado previa o posteriormente a la película dirigida por Oliver, Personal Shopper, en donde deslumbra de manera andrógina, nuestra venerada Kristen Stewart. Tampoco sabemos si la pareja de cineastas habrá hablado de sus respectivas películas en la cama. Ni tampoco tenemos en claro si los cuatro, Isabelle, Kristen, Mia y Oliver repasaron los diálogos de las películas en conjunto en el medio de una orgía elegante en alguna campiña francesa, luego de debatir acerca de algún libro de Houellebecq y tomarse unos buenos vinos. Lo que sí imaginamos con entusiasmo es que entre estas dos películas hay una fuerte conexión que nos habla de los dilemas del tiempo.

Para empezar a despejar el camino, El Porvenir nos sitúa en la París del hoy y las angustias existenciales que transita nuestra amada patria Chabrolesca. Isabelle Huppert, siempre firme a la hora de mostrarnos que toda película con ella es mejor, transita el cuerpo de una profesora de filosofía, un tanto golpeada por el paso del tiempo, a la que las editoriales ya no le encuentran el atractivo para seguir editándola. A su vez, su marido, otro profesor parisino de la viaja guardia, parece más cansado de su mujer que la propia editorial. Ambos se encuentran todos las tardes en su departamento sencillo y austero, pero bien dotado de libros, al regreso de sus clases. Todo parece normal y anodino, un tanto nostálgico, hasta que un día la hija mayor de la pareja, una joven adulta y en vísperas de tener un hijo, espera a su padre a la salida de la Facultad para advertirle que tanto ella como su hermano saben que él tiene una amante más joven. Y que no puede seguir así. O la deja a ella, o la deja a la madre. Y el buen hombre, como todo señor francés que se precie, sin mucho cuestionamiento, deja a la madre, en probablemente la mejor línea de diálogo de la película, entre tanta cita filosófica. El la espera a ella en el departamento. Ella llega y hace su actividad cotidiana, prepara la cena. El se prende un cigarrillo, fuma y piensa, le dice que tienen que hablar. Ella lo escucha sin imaginar lo que él le va a decir : tengo otra mujer. Me voy a ir. Y ella, muy Huppert, mas Huppert que nunca, se sienta, abatida dice: ¿Y no lo pudiste mantener en secreto? Aplausos!!!. La platea se cae a pedazos. La moral se derrumba. La clase alta se babea con el almíbar de las señoras de la Recoleta. La clase alta intelectual está viva y los cajetillas zapatean sus mocasines al grito de guerra que vuelvan a abrir El café de la Pe. Despues de esa escena, la película se abre en el camino hacia la soledad, en el bueno y verdadero sentido de la palabra, en el de la vida de Huppert separada, ya con su madre recientemente muerta, y definitivamente alejada de las décadas felices de su matrimonio de toda su vida. En ese camino, ella se refugia en las bondades intelectuales de un alumno y sus amigos, que plantean en las afueras de París una suerte de nueva comunidad alejada de la gran ciudad capitalista. Acá es donde la película nos hace extrañar a Chabrol, ya que esa relación profesora ex alumno queda en la esfera de lo intelectual y en la utopía, sin al menos una tocadita en un baño, o una masturbación entre los árboles, o algo que nos haga sentir que la perversión siempre triunfa. Por suerte, Macron y su señora nos dejan un sabor mas dulce con la realidad. Finalmente, con Huppert con su nieto recién nacido en sus brazos, logra dar la sensación de que el tiempo ha quedado atrás y que en la misma proporción que añoramos el pasado adviene en nosotros la fragante certeza de que el presente no se repite. Hacia allí se dirige El porvenir y evidentemente su directora, Mia Hansen Love. Desconocemos si en ese trayecto hacia el futuro, y caminando por Champs Elysees, se encuentre en algún local de Cartier con su marido Oliver filmando a Kristen Stewart, nuestra flamante Huppert millennial, desinteresada por todo, y consumiendo sin saber bien por qué, un poco de amor francés.

Juan Manuel D’Emilio