Vimos dos novedades del llamado “cine social”, nombre que los especialistas usan para las películas que hablan de pobres blancos, de marginales del conurbano europeo.

I, Daniel Blake de Ken Loach, y La chica desconocida, de los hermanos Dardenne.

Es difícil criticar este tipo de películas en un país donde la clase media intelectual disfruta y llena las salas cuando de estos dos directores se trata. Hablar mal de Loach o de los Dardenne sería ir en contra de la clase trabajadora y desplazada, a la que ni los que ocupan las butacas del Arteplex ni los mismos directores pertenecen.

Los protagonistas de las películas de Ken Loach son trabajadores unidos luchando contra la patronal, son películas “gremialistas”, obreros conscientes que luchan por los derechos de su colectivo. Si ellos fueran negros o mujeres o inmigrantes, esto no sumaría ni restaría al argumento principal, lo que importa es su condición de trabajadores. A grandes rasgos, los jefes son los malos, y los empleados, los buenos. Loach podría considerarse un símbolo dentro de este género del que no soy seguidora. Las películas parten de una base que podemos denominar “la paz en el mundo”: nadie puede estar en contra del argumento, entonces todo lo que muestra Loach está bien, su intención es noble. Pero nada que no me permita poder mirar desde la vereda de enfrente sin convertirme en un cerdo capitalista me interesa, es trampa, el juicio se nubla. Muchas veces Ken Loach pasa el límite, y sus producciones se vuelven panfleto, pero debo decir que en esta última ni siquiera se acerca a ese límite; es sin duda su mejor película. Un hombre viudo con una enfermedad cardiaca que le impide trabajar lucha contra la burocracia que no le permite cobrar el seguro de desempleo alegando que debería buscar trabajo. Este protagonista se une a otra mujer joven, con dos hijos, que intenta conseguir ayuda social sin demasiado éxito. La lucha silenciosa y compartida de ambos tiene como único objetivo mantener la propia dignidad .

I, Daniel Blake es quizá la película más minimalista del director inglés.

Los Dardanne en cambio, que tan magistralmente mostraron con sutileza y elegancia la marginalidad en Rosetta y el drama humano en El hijo, esta vez no escatimaron en golpes bajos.

Una médica nativa (belga) atiende con devoción a marginales del extrarradio de la ciudad de Lieja, lo que también la convierte en marginal dentro de su propio grupo de colegas. Sus pacientes son inmigrantes en su mayoría y los pocos belgas que llegan al consultorio son los excluidos de la sociedad. Un día decide no abrir la puerta cuando había ya cerrado la consulta. Esta decisión podría haber salvado a una prostituta negra que aparece asesinada al día siguiente. Durante lo que queda de película la médica, mientras atiende a niños con cáncer, obesos diabéticos con llagas en los pies y niños árabes con ataques de epilepsia investiga, no para saber quién es el asesino, sino para descubrir el nombre de la chica muerta y enterrarla como merece pero en el fondo lo que necesita es calmar su profunda culpa de blanca, de nativa y de médica.

Los protagonistas de las películas de los Dardanne serían los que están en la primera etapa de la teoría marxista de la conciencia de clase: la clase en sí, son conscientes de la clase a la que pertenecen; se saben marginales, excluidos pero Jean Pierre y Luc se limitan, algunas veces mejor que otras, a mostrarnos un trozo de sus vidas.

Loach, en cambio, superó esta primera etapa y vemos ya a la clase para sí: no son solo conscientes sino organizados, no muestra, milita.

Si quieren sacar al joven militante que tienen dentro vean estas películas y si no se aburren lograran expiar culpas habiendo dedicado tiempo a los pobres y excluidos como buenos marxistas que alguna vez fueron.

Jimena Ríos