Agnes acaba de encontrar en un bosque lo que ella cree que es un unicornio. Rápidamente corre a mostrárselo a Gru, que está sentado en la escalera, sabio y reflexivo, a pesar de todo. Pero Agnes no tiene en sus manos un unicornio. Agnes encontró una cabra. Gru, tierno como pocos, la mira, la acaricia y le corta su ilusión con la verdad. Agnes cae en la tristeza, pero Gru en un acto heróico y paternal, le dice: La vida a veces es esto. Uno cree que encuentra un unicornio. Pero en realidad es una cabra.

Y Agnes que por suerte entiende todo, nos dice: la vamos a querer igual.

Lo que pasa es que Gru está cansado. Ya tiene mujer, hijos y encima lo acaban de pasar a retiro a manos de una nueva jefa de operaciones. Tanta maldad reinante desconcierta, apabulla, oprime, desanima.

Lo maravilloso que tiene la saga Mi villano Favorito es que todo el tiempo trata de buscar la bondad en un mundo despiadado. No se puede considerar malo a un señor que baila Into the Groove de Madonna para pelear, como lo hace el malo de esta saga, el ochentoso breakdancero, Balthazar Bratt. No se lo puede considerar ni siquiera manipulador con ese pelo de corte cubano, como lo usaba otro ídolo de la infancia Jorge Alberto Comas, alias Comitas, quien jugase en los ochentas de wing en Velez y luego en el Club Atlético Boca Juniors. No se le puede ni siquiera buscarle un ápice de hiriente a este villano que embate contra Hollywood a base de globos de chicles, en busca de revancha por haberlo olvidado luego de una temporada de fama en la tele, allá a lo lejos en otra década. Nadie puede odiar a a Balthasar Bratt. Como tampoco a Dru, el recientemente aparecido gemelo de Gru, quien goza de una similitud absoluta excepto por una larga cabellera rubia que porta. Nadie. Son, y somos, el reflejo de una sociedad que nos pasa por encima. Un cúmulo de noticias que devienen con el tiempo y que nos cuentan la parte que no sabemos. Así de cruel y de liviano, como lo hace la madre de Gru, que mientras se baña en una piscina con dos jóvenes italianos bronceados y forzudos cuarenta años menores que ella, le informa a Gru de la presencia del gémelo que su padre se llevó cuando niños, tras el pacto de divorcio. A ella le tocó él,  y  remata lo dicho con un: tu padre se quedó con la mejor parte.

El argumento nunca me importa mucho en esta saga de Universal Pictures y celebro que no sea ni de Pixar ni de Jobs ni de Lasseter ni de todo su imperio. Así como me gustan las familias como las de Gru, no me banco el dominio patriarcal de una sola compañía que marque el pulso de los tiempos. Gru tiene que combatir a Toy Story, tiene que tirarse al océano y morfarse a Nemo. Tiene que ir en busca de Los Increíbles y fajar al grandote hasta mañana a la mañana. Tiene que agarrar al gordito de Up y llevárselo a andar en globo hasta el Himalaya y dejarlo ahí con los monjes budistas. Gru tiene que volver a ser malo. Algo que esta tercera edición nos deja sobrevolando de forma inconsciente, en un acto psicoanalítico e imperceptible. El tema es qué significa ser malo en estos tiempos. Tal vez sea descubrir que bondad hoy es ir en contra de los que dicen ser buenos. No lo se. O tal vez haya que meterse en el bosque de Agnes, y seguir buscando el unicornio. Aunque presiento que Silvio Rodriguez lo tiene secuestrado y lo está pintando de azul, escondido en alguna cabaña apocalíptica, con su guitarra, sin querer prestarlo, ni por un segundo. Así y todo, tal vez, ni siquiera Silvio, sepa que tiene una cabra.

Juan Manuel D’Emilio