Yo tuve que ver la película, pero voy a criticarla sin hablar exactamente de ella porque ya lo hizo mi compañero mejor que nadie en el post anterior, y quiero aclarar que la vi en un servidor trucho y no en Netflix.

Los coreanos saben mucho y están adelantados en todo: sin ir más lejos, el Despacito de hoy fue el Gangam style de hace cinco años.

Netflix, todos sabemos, es una gran empresa que quiere que estemos contentos consumiendo sus servicios desde el sillón de nuestra casa. Así que recordando el éxito del gangam style decidieron fichar a Bong Joon ho para que les hiciera un buen producto.

La generación que hoy mueve la economía mundial formó su cultura básicamente a través de lo audiovisual y siente empatía cuando es capaz de reconocer referencias audiovisuales. Me animaría a bautizar a la generación pre–milenial como Generación R (R de referencia).

Entonces tenemos a un coreano contratado por la mayor empresa de streaming con la misión de hacer una película exclusiva para Internet que conquiste a los consumidores, que en su mayoría pertenecen a la generación R.

Déjenme que les diga que no creo que el señor Joon ho sea ecologista, ni que tenga un interés especial en que nosotros, después de ver Okja, tiremos nuestras pertenencias y nos vayamos a vivir al impenetrable chaqueño a cultivar nuestros alimentos. Tampoco creo que el coreano se este burlando cínicamente de sus espectadores, y lo último que pienso es en una teoría conspirativa del cineasta para que poco a poco las personas se vuelvan veganas y amen a los animales tanto o más que sus propios hijos.

Creo que el señor Bong Joon ho simplemente hizo bien su trabajo y, aunque seguramente no leyó al Hartmut Rosa (porque por coreano ya debe haber entiendo solo lo de la alienación y aceleración, que es donde el sociólogo alemán explica su teoría de la temporalidad en la modernidad), se inspiró en este concepto para darle a la Generación R lo que estaba pidiendo a gritos. Según Rosa el capitalismo funciona de tal forma que hemos de sentirnos lo suficientemente decepcionados para no estar satisfechos, pero no lo suficiente como para dejar de consumir.

Así que el muchacho o muchacha de la generación R que no cree que haya que ir al cine porque no concibe un esfuerzo sin remuneración y/o sin diversión asegurada se sienta en su casa, pone Okja desde Netflix y desde el principio ve imágenes que apelan a un inconsciente colectivo generacional: una fabrica como las de Tim Burton y una Tilda Swinton haciendo de Willy Wonka con un discurso que deja rápidamente en claro que los malos son ellos y los buenos nosotros. Todo lo suficientemente rápido para que no pensemos demasiado, ellos piensan y saben lo que es mejor para todos. Una niña oriental y escenas del mejor Miyazaki con Totoro incluido; y si usted no vio Totoro no se preocupe que Bong Joon le dio al animal la misma cara que el de la Historia sin fin para que nadie se quede afuera. Los buenos también rápidamente son reconocidos como tales, étnicos, pobres y rurales y con la conexión aspiracional pachamamica que todo genarición R quiere para si. Persecuciones con música balcánica, escenas de liberación ecologista como la de Free Willy, militantes antisistema con acento inglés de Inglaterra y modales impecables. Todo lo vimos ya, estamos como en casa, desde casa, nos sentimos comprendidos, Bong Joon ho nos deja en bandeja el consumo moralista. Todo masticado y listo para tragar, hasta nos hace creer que nunca antes habíamos visto que cuando matan a un animal este sangra y que los chorizos salen del chanchito amado de algún granjero.

Vemos Okja y podemos tachar en nuestra lista el compromiso social del día. La generación R no se hace preguntas, acepta respuestas y el señor Bong se las da todas. Afortunadamente el veganismo pasará de moda y la insatisfacción nos pedirá a un nuevo profeta pero el coreano ya debe saberlo.

Jimena Ríos