Del otro lado de la esperanza, ahí está Kaurismaki. Seguramente fumando. Apoyado contra una pared, en silencio, mirando como Finlandia se convierte en un racimo de extremistas de derecha que viven la decadencia universal que vivimos todos los habitantes de este planeta. Tal vez, le pase caminando por delante uno de esos refugiados sirios con movimientos chaplinescos a los que describe en su última película. Tal vez no pase ninguno, o porque los embocaron en la frontera, o porque un grupo de nazis millenials hicieron de ellos un buen paté de musulmán, o un sabroso picadillo de carne de Aleppo. Ahí está, con la fotografía más azul del universo, con su juego fílmico de luces y sombras que aparecen y desaparecen mientras sus personajes, inmutables, buscan la forma de escaparle al molde. Ahí, dándonos una lección con la escena de inicio, mostrando a un ser humano que emerge desde lo profundo de un conteiner lleno de carbón pulverizado, refugiado en un barco carguero, en la más profunda soledad, a la búsqueda de un país que lo reciba.

Y acá estamos nosotros. ¿Cuántos seremos? quince, veinte… sentados en un cine a diez mil kilómetros de Escandinavia, aferrados a una butaca de un cine que se nos va, a una época que nos arrasa con su calor moderno, mirando a un artista que resiste. Acá estamos, todos arriba de los cuarenta, vencidos por nuestros aparatos inteligentes, y estirando las piernas entre el barco carguero que se vuelve al océano del pasado y el bote del progreso que nos lleva al futuro incierto. Acá estamos nosotros, en el medio de esa elongación, mirando a un Kaurismaki que habla poco y filma, que le erra con un par de gags al estilo Hiperhumor, pero que acierta de manera contundente con castings de flacos, desgarbados y de pieles curtidas por el frío, con la sonrisa suicida y rubia que viene de la Europa vikinga. Acá estamos todos nosotros, de este lado de la esperanza, interrogados por estos tiempos, tratando de entender, refugiándonos, mientras Kaurismaki nos mira fumando.

Juan Manuel D’Emilio