No tengo grandes conflictos en decir que La Cordillera es un peliculón. Mi problema con Santiago Mitre es político. Ya me había sucedido con El Estudiante ( paso por alto La Patota) película que nos dejó a Lamothe como figurita repetida y por la cual, al día de hoy no tengo en claro si Mitre es de derecha o de izquierda. Pero ese no sería un gran conflicto tampoco para la humanidad, pero ahora vuelve sobre el eje político y entonces no me queda más remedio que volverme a preguntar: dónde está Santiago. Supongamos que tomamos la avenida de los apellidos, y bueno ahí estamos mas cercanos a las pistas ya que Mitre y sus antepasados nos darían una pauta muy firme, clara y si no, al calabozo. Pero sigamos y pensemos en Llinás, guionista y mentor de Mitre. Ahí estaríamos tomando una intersección hacia el camino del artista outsider, y por ende la bohemia, y la izquierda se asoma como principio básico, pero tampoco estamos tan seguros. Pensemos en Kutchevasky, productor de esta y todas las películas argentinas, ahí sí, se mezcla todo y no puedo divisar nada, solo dinero y Oscar. Pensemos en Darín. Bueno ahí tenemos una pista clara, oficialista. Tan oficialista que hace, precisamente, de Presidente de la Nación.
Después está Dolores Fonzi, actual pareja del director y coprotagonista del film, que interpreta a la hija conflictuada del presidente, quien pareciese mostrarse como un exponente de la liberada generación anarcotizada. Y por último, Slater, actor norteamericano,demócrata o republicano, qué importa, es norteamericano!
En fin, con toda esta ensalada de apellidos patricios del pop, uno se sienta y ve un peliculón. Cinematograficamente, impecable, bien dirigida, con tensión, bien actuada, real, con los géneros claros, una buena película que atrapa en un eje que para quien lo ejerce o lo añora, es un eje diabólico: el poder. Y como nadie es inocente, la película transita de forma muy inteligente ( porque estos muchachos son inteligentes) la línea invisible de los límites del poder y la verdad. Lo que hoy llamamos posverdad. Esa palabrita que le ganó a la realidad. Y que construye una ficción en la cual la verdad es un acertijo irresoluble.
Y usted entonces en la pantalla se maquina durante dos horas tratando de averiguar, ¿de quién hace Darin? ¿de Nestor? ¿de Mauricio? ¿de Carlos? (De Carlos no creo, porque Carlos en los 90 era un hombre bello y sexy, y Darin hoy es un señor canoso no tan apuesto como el patilludo fatal).
Y Mitre amaga, nunca ejerce un discurso y le tira un carpetazo de corrupción, le tira familiares en el poder, le tira Mercosur, y juega todo el tiempo con su mirada humana de los conflictos políticos, como ya lo hizo en el Estudiante, tratando de confundir y cuidándose de quedar indemne y a salvo, sin postura. El tipo tiene claro que hace arte, parece promulgar.
Pero la pregunta que subyace es: donde está Santiago. Y precisamente no aparece. Al menos en este relato, parece esconderse en La Cordillera, vaya a saber si por decisión propia, por su origen, o porque una fuerza política, no sabemos cual, quiere utilizarlo.
Difícil tarea encontrarlo. Difícil tarea saber la verdad.

Juan Manuel D’Emilio