Taylor Sheridan es el nombre del guionista y director de Wind River,  película con la que ganó en Cannes como mejor director, siendo esta su opera prima como tal. Previamente, Taylor había escrito la maravillosa High or Hell Water. Antes había sido un actor medio pelo que, hace un par de años cansado de su mediocridad actoral dijo: voy a escribir.

Nacido en Texas hace 47 años, Taylor, hoy, la está rompiendo y le está entrando de lleno a una temática que nadie está contando, el tipo está reinventando el western apuntando a la medula espinal de la patria blanca norteamericana poniéndose del lado de los indios.

Obviamente que ya al estar en Texas, este muchacho sabe todo , y mucho más si de matar indios se trata. En esta oportunidad se va más hacia arriba, cruzando el Dakota hasta Wyoming, y nos cuenta una de vaqueros, pero esta vez, en la nieve. Y con maestría sigue una línea que ata cabos con los de High or Hell Water acerca de la decadencia del hombre blanco, y la sagrada figura de los pueblos nativos, como estos siguen sentados y resistiendo con entereza, cual guerreros, a pesar de la podredumbre moral que nos gobierna.

La película no se la voy a explicar, vaya y véala, no sea vago, hombre blanco, y aflójele a la Audiveganización que se vive en esta era de Netflix y food truckers. Eso, sí le recomiendo las profunda secuencias de dolor entre el cazador Jeremy Renner y el devastado jefe de familia indio, Gil Birmingham (No se puede parpadear, Buddy)

El punto que quiero tocar es otro. ¿No le resulta extraño que empiecen a aparecer tantas películas y noticias políticas al respecto de las usurpaciones de tierras reservadas de las comunidades aborígenes? Algo pasa. Y le voy a decir la teoría: el hombre blanco está enfermo, maldito y paranoico. Y las comunidades aborígenes están protegidas por un Dios que sabe que ningún cara pálida les va a robar el alma.

Y podrán seguir matándolos, como matan a una adolescente india de Wyoming en Wind River, pero no van a poder con ellos. Como no pudo John Wayne, como no podrá nuestra cowgirl, la ministra Bullrich, como no podrá la Gendarmería ebria argentina, como no podrán ni los sheriff ni los jueces cobardes, ni el FBI, ni ninguno de estos seres aún no reencarnados que pretenden corromper y pisotear el alma ancestral de los nativos.

Tiendo a pensar que el hombre blanco despierta a través de las almas reencarnadas que están bajando desde el cielo indio y que se apoderan de nosotros para poder así seguir continuando con una resistencia que luche por preservar las tierras y la naturaleza, esa que nada tiene que ver con las huertas plantadas en los jardines de las casas de San Isidro chic, esa que sí tiene que ver con la identidad, y con la protección divina.

Yo le cambiaría el nombre a Taylor Sheridan, y le daría un nuevo nombre indio, le pondría Taylor el rápido (Taylor Swift, en inglés) aquel que escribe de lo que sabe, aquel que sabe cambiar a tiempo, aquel que con la pluma puede vencer a los Sarmientitos de ocasión que nos rodean con su pulcritud blanca, y nos quieren enseñar a comer con cubiertos. Para ellos, les reservamos entradas en el cine.

Taylor el rápido te acribillará.

Juan Manuel D’Emilio