Jim Jarmusch es genio. Y si no comparte esta frase, no intente acercarse al cine de su shopping preferido. O deje de leer. Porque yo lo considero el más genio de los genios. Lo amo en realidad. Lo amo mucho. Fuerte. Lo adoro. Por eso voy al cine y le pido una entrada para Patterson a la chica de la boletería y ella me mira con el ceño fruncido y me contesta, para cuál? Patterson repito, y ella se vuelve a fijar en su pantalla, para decirme sentate en cualquier lado porque no hay nadie en la sala para ver esa película. Y toda la secuencia me hace feliz porque voy al cine a las 5 de la tarde un lunes a ver una película de Jarmusch en la que no hay nadie, ni un solo ser humano de esta galaxia que pueda compartir conmigo ese momento. Entonces empieza la película que me introduce de lleno en New Jersey, directo a la cama de la probablemente pareja más linda que se haya visto en el cine en los últimos tiempos, desde que Apple y su manzana nos haya intoxicado a todos. Son ellos, Adam Driver y una iraní de rulos que no puedo explicar, porque para describirla tendría que escribir un poema como él le escribe todos los días en los ratos libres que va teniendo de su trabajo como chofer de un bus que va por el pueblo homónimo de Patterson. Ellos viven juntos, y tienen un perro gordo, al que uno le agarraría los cachetes todo el tiempo, que es de ella, y al que Patterson saca a pasear todas las noches con una correa para irse al bar adonde se toma una cerveza. Simple, cotidiano, puro, sin celular, sin gente tóxica, con los sentidos despiertos, con el corazón abierto, con los ojos sin filtros. Y así lunes, martes, miércoles, jueves y viernes. Rutina. Maravillosa. Única. Simple. Profunda. No me pida una trama, no la hay, o sí, la trama es la vida misma, somos nosotros, alejándonos cada vez más del presente, viviendo como zombies que no descansan, repletos de cinismo, con poco tiempo para vivir. No me pida un final, todos tenemos el propio, pero le puedo asegurar que Patterson es una película sanadora. Es de esas películas que viven en cada uno, mucho tiempo después que terminan. Pero pídame que le repita lo que creo de Jim Jarmusch: es un genio. Es un artista. Trascendental. Jarmusch es necesario para que esta humanidad no se sienta despojada de su condición más inherente, que es la de sentirse vivo, la de percibir el sonido de los zapatos dando sus propias pisadas, de escuchar el soplido que generan los árboles, de oler las flores que dan vuelta por el éter, de mirar una cascada y de percibir el agua cayendo contra las piedras. Y de, fundamentalmente, poder apagar, un rato aunque sea, esa máquina despiadada en la que se ha convertido nuestra mente, la misma e impropia masa encefálica que nos acompaña repitiendo el bombardeo que nos abruma, con palabras que parten de cerebros atrofiados, que ningunean el profundo y maravilloso sentimiento que proviene desde nuestro interior y al que seguramente algún poeta cotidiano haya llamado amor.

Juan Manuel D’Emilio

Lo que Juan dice de Pedro dice más de Juan que de Pedro. En este caso yo sería Juan y la película en cuestión, Pedro. Este es el mérito y el problema de Patterson el último trabajo de Jim Jarmusch. La película son momentos de la vida cotidiana de un chofer de colectivos en un pueblo de Estados Unidos, el chofer además escribe poesía y además es Adam Driver y además vive con una novia preciosa, eso es casi todo. Las películas las miramos desde nuestros prejuicios igual que cuando Juan habla de Pedro. Nos sentamos en el cine en un día agotador con la cabeza en otros lugares y con el juicio totalmente nublado por los estímulos que nos ofrecen y no, no le creemos a Jarmusch y su película irrita, la película no nos alcanza porque nada nos alcanza. Y claro no creemos que Adam Driver sea un chofer y que sea poeta y que tenga esa novia y que su novia quiera ser cantante de country y vender tortitas en el mercado local. Estamos acostumbrados a directores que nos muestran la vida cotidiana de otros con condescendencia y necesitamos que sea creíble necesitamos jugar al memotec, las redes sociales nos acostumbraron a sentir satisfacción cuando otro es igual a nosotros o le pasa lo mismo que a uno y si el juego no es ese la satisfacción llega cuando le ganamos a alguien, necesitamos constantemente medirnos si no nos encontramos en el otro necesitamos ganarle.

No hay placer sin especulación, lo que hay detrás, al costado, más allá y debajo nos interesa más que lo que es y podemos abarcar. El protagonista de Patterson tiene una novia a la que ama, un perro al que pasea todas las noches hasta un bar donde toma una cerveza y charla con el dueño, mira y escucha. No tiene celular pero no habla de eso, no es vegano, no es ecologista, no hay slogans. Pero Jarmusch no es inocente, no hizo una película indie con el actor de moda, la chica étnica con la intención de mostrarnos fotogramas salidos de un blog para que aprendamos la belleza de la vida cotidiana. No, Jim Jarmusch llamó al actor de moda y llamó a la iraní más linda y planteó una hora y cincuenta y seis minutos con un guión mili métricamente calculado para mostrarnos lo que vemos y sólo eso, la misión más difícil de concretar y el riesgo más difícil de correr, la película pide confianza, los protagonistas confían en que un día llega después de otro y que la rutina limita para que lo inesperado llegue. Pero mi Juan decidió desconfiar de la simpleza, le pareció irritablemente bella pero sobretodo irritablemente abarcable. Cuanto más lejos estemos de lo abarcable el día que vayamos al cine menos nos va a gustar Patterson.

Jimena Ríos