“¿Qué estás mirando? Atención: la percepción requiere participación.  El paisaje de los media es público pero la respuesta debe ser personal. La gente tiene que defenderse, y la información es un medio de defensa. El arte es percepción e información, procesa la información y crea situaciones estéticas que a veces son éticas. La belleza depende de la fibra que toca.”

Esto lo dice Antoni Muntadas, artista catalán de más de ochenta años.

La nueva película de Ruben Östlund, The Square, muestra cómo se utilizan todas las herramientas que la sociedad tiene hoy a mano para eliminar la participación y así modificar la percepción, la de ellos y la suya si se distrae.

La película es sueca, las personas que actúan son suecas y los personajes que vemos viven en Suecia. No podemos obviar este dato.

El Estado sueco piensa por la gente y en la gente. Hay alguien que se ocupa de los pobres, los inmigrantes, los padres y las madres, los niños. El estado asegura que se cumplan  los derechos de todos y que todos cumplan con sus deberes. Esto está en la película y es quizá la crítica más honesta e interesante que hace Östlund, una critica a su propia sociedad que eliminó la responsabilidad social propia; el ciudadano como individuo no sabe cómo reaccionar ante un problema:

“No seas tan sueco”, le dice uno de los empleados, negro, al protagonista, un sofisticado curador de arte moderno de un museo de Estocolmo, cuando le roban el celular y, siguiendo la pista en la computadora, planifica la manera de recuperarlo.

La película no critica al arte contemporáneo, no habla de los pobres en Europa ni de los problemas sociales del Primer Mundo; todo esto sí está en la película pero para que  usted se quede contento, para que a Östlund lo premien y porque es una moda esnob incluir a los marginados como música de fondo.

La película está compuesta por escenas, filmadas a la perfección con un gran sentido estético, bien actuadas pero que podrían funcionar aisladamente o mezcladas en cualquier otro orden; pequeños sketchs bien hechos que muestran cómo los blancos intelectuales del Primer Mundo viven su vida y sobre todo cómo se relacionan entre ellos haciendo todo lo posible por mantenerse al margen de la percepción tal como la ve Muntadas. La gente que vemos en estas escenas está muerta de miedo a lo desconocido, es incapaz de reaccionar fuera de lo preestablecido excepto en el campo del arte. Van a los museos a experimentar la libertad de pensamiento y la adrenalina de lo imprevisto pero necesitan curadores que expliquen y direccionen la percepción para tener todo controlado. Los burgueses son los mecenas del arte: subvencionan a artistas para que los hagan reflexionar sobre lo que no se animan y a curadores para traducir a los artistas y así evitar la participación activa en la contemplación de la obra y asegurarse con esto un lugar en el cielo de los intelectuales y muchos puntos en ayudar al mundo.

The Square tiene a un curador de arte que durante toda la película cumple mal su función de curador y de sueco; es el bufón que pone el director para humillar a la burguesía y, como lo hace por omisión y no por decisión, es a su vez ridiculizado.

Vaya al cine, vea la película, siéntase incomodo, disfrute de ver bailar y sudar al protagonista, ríase. Pero no se distraiga. No crea que hay un director europeo pensando en la inmigración y en lo duro que es ser mendigo. No se confunda y no le diga a su señora que al final usted tenía razón y cualquier boludo puede hacer arte moderno. No. Participe activamente en la percepción. Mi conclusión, si quiere que le sea sincera, es que después de unos días de haber visto la película, The Square dejó de parecerme tan genial pero entiendo la genialidad del director y cómo cumplió con  el objetivo adolescente de escandalizar. Östlund no trasciende el cliché de intelectual progresista que usa a los pobres como medio y se queda ahí. Critica y humilla a unos y nos incomoda a todos, pero ¿después que? Nada. Después una Palma de Oro. Todo esto mismo que el director quiere decir ya lo dijo más fuerte y claro,  Jørgen Leth en uno de los ejercicios que le puso a Lars Von Trier en la maravillosa  Las 5 obstrucciones y sin tanto cotillón.

Jimena Ríos